La primera vez que me asomé a tus ojos, no pude contener júbilo de reconocerme en ti. Salí desnudo y feliz, gritando por las calles del encuentro, con el regocijo a flor de piel. Y me encontré también con mil locos entusiastas, igual de deslumbrados e igual de santos, bailando espontáneamente en hermandad.
Aprendí entonces que tus ojos son cualquier par de ojos y comenzó a dolerme tanta inequidad. Me irritaron la injusticia sistemática, el vandalismo corporativo y la rapiña planetaria. Acaricié cada vez con más nostalgia la idea de regresar a la edad de la inocencia, cuando todo estaba bien.
Recién, al darme cuenta que también he esgrimido la daga de la traición, he tocado fondo. Pareciera que después de todo no hay remedio para la raza. Haría falta otro borrón y cuenta nueva en forma de un gran asteroide o alguna guerra biológico-nuclear. Pero en mis borrascas deprimentes me faltó notar el aliento de tu contacto. Perdido en un discurso autogenerado, necesité del silencio para aprender a confiar otra vez.
Después de deambular errante y sorprenderme en el vértice de la tragedia, me refugio ahora en ti. Tu mirada, paciente y sutil, me lleva de nuevo a verdes praderas para reparar mis fuerzas. Hay regocijo nuevo en tu mirada, ahora, con aliento recobrado, busco más instantes eternos, sabiéndolos perennes y elusivos a la vez.
Los ciclos son de extensión exacta y todo sucede sin razón obvia en el momento, para poderlo resignificar. Por todo lo que ha sucedido, gracias. Para todo lo que vendrá, la respuesta es sí.
© Ricardo Medina Covarrubias, clipp
18 de mayo de 2007
-- dedicado a un budista y a un ateo, entrañables.Etiquetas: amor, reencuentro